DE MAMELUCOS Y REGALOS NAVIDEÑOS


Thomas Malgrave es un creador literario poco conocido por los lectores hispanohablantes. Aún en la propia Inglaterra, su país natal, es escasa la difusión de sus textos. Conocemos solo dos de sus obras traducidas al castellano, específicamente Joseph K en una edición de la editorial española Agreste, de Madrid, del año 1989; y una colección de cuentos a la que se dio el titulo de Cuentos imposibles (en ingles se editó como Tales) de la editorial mexicana Calacas, del año 1993. Hemos logrado que un amigo nos enviara desde Irlanda un tomo de historias, de este autor, que lleva el enigmático titulo de Inconciliabula, impreso en Belfast por Black tower, en el año 1957. A esta altura he logrado que otro amigo (gracias te doy señor por mi club de amigos fanáticos de la literatura) que sabe mucho del idioma inglés, aunque no está titulado (razón por la cual se niega a aparecer en la fotografía, y aunque no comparto este criterio fútil respeto su decisión), haya logrado traducir algo menos un tercio de los veinticinco relatos cortos que componen la obra. Debo decir que también he aportado algo a la facturación de esas traducciones, específicamente trazos en la corrección de estilo y variaciones en lo que a giros idiomáticos atañe; minucias en realidad comparado con la tarea de verter los contenidos del anglosajón al castellano. La cuestión es que hemos abordado la tarea por simple hambre literaria de deglutir los manjares en textos, pues sabemos del sabor inigualable que ofrecen las creaciones de este chef de las letras. Por otra parte, no teniendo ningún tipo de permiso legal para publicar estas traducciones (aquí otra razon del porque mi amigo de marras no quiere aparecer retratado) no pensábamos hacerlo con nada de lo ya facturado. No obstante luego de algunas digresiones hemos decidido ofrecer al publico la historia que aquí publicamos como ofrenda al autor antes mencionado; por lo cual al publicarla en este blog salimos de la costumbre habitual de solo imprimir artículos de opinión, para en cambio esta vez regalarles, como presente de navidad, el cuento de Thomas Malgrave que va a continuación. Añadiremos que el autor britanico pretende que tomó el argumento de la historia de una conversación desarrollada entre una anciana muy provecta, de ojos negrisimos y profundos, y otra mujer joven, que dialogaban en algún bazar del Cairo; el creador escucho la traduccion apresurada que le hiciera un cairota; solo que el traductor de la conversación fue un taxista, que también fungía de guía turístico y chapurreaba un pesimo inglés. Solo deseamos, finalmente, pedir disculpas de antemano por las omisiones e incorrecciones que puedan hallar en la traslación idiomática, esta vez del anglosajon al idioma de castilla, estas son de nuestra exclusiva responsabilidad y no comprometen para nada al autor.


Thomas Malgrave.

Variaciones arábigas: el cuento de Zholmara.

El modo de vida del principe Sahriyar consistía en la celebración permanente de ágapes en los que predominaba la abundancia de alimentos, preparados en su mayoria con el concurso de la delicada carne de codornices regadas con vinos traídos de más allá de los límites del desierto, era este el plato central que se cubria con un follaje de dátiles preparados de las maneras más inimaginables, todo servido en enormes mesas o sobre los más primorosos tapices, alrededor de los cuales se sentaban los siempre numerosos invitados. Un rey de las tribus berberiscas de lo profundo del desierto, invitado a uno de estos banquetes, trajo una vez consigo a su hija menor de nombre Yadira. El principe, uno de los dos herederos del reino, quedó inmediatamente prendado de aquella beldad que portaba en su rostro, cual refulgentes gemas, un par de ojos del color de las arenas del Sahara y cuya belleza estatuaria, a sus dieciséis años, exhibia un cuerpo de carnes firmes enfundado en piel de terciopelo con tonos cobre y oro. La presencia de la muchacha desató la imaginación del nubil heredero que la proyecto en su mente como la imagen de una de las diez mil vírgenes que aguardaba a los guerreros en el paraíso. Hablar con su padre, el Califa, y consertar un matrimonio con el Sheik de los berberiscos fue algo muy natural. Antes de los seis meses de conocerse ya habían contraído nupcias. Pero como lo decía el viejo astrólogo Ali Muhammad lo que estaba destinado a suceder, sucedería. Al morir el Califa, los dos príncipes se convirtieron en soberanos de un reino dividido, correspondiendo a Sahriyar el califato al sur de los montes Al Sarum y a su hermano, Sahzaman, el reino de las tierras al norte de aquel mismo accidente geografico. Las tierras al sur de Al Sarum estaban insertas en el desierto y la población se diseminaba en numerosos oasis. El joven Califa, cuyo natural era la vida activa más que la contemplativa, desde el inicio de su reinado gastó su vitalidad en expediciones por las numerosas poblaciones, estrechando el contacto con la gente y tomando control efectivo de su territorio. La esposa del ahora Califa, la bella Yadira de ojos color de arena, ante las prolongadas ausencias de su esposo comenzó a revelar en el rostro profundas ojeras que expresaban urgentes y reprimidos anhelos carnales, que asaltaban con cada vez mayor intensidad. Cuando el Califa volvía de sus viajes por el interior, la hermosa mujer se desvivía por hacer que se interesará en ella, pero lamentablemente el joven esposo siempre traía consigo alguna belleza, cuya donación había sellado un pacto de amistad con cualquiera de las numerosas tribus que pululaban en el silencioso y enigmático océano de arenas, y la sensual Yadira acusaba el golpe acogiendo, de manera cordial, a la nueva integrante del harem, asumiendo una actitud sumisa pero guardando en su pecho la ignominia de saberse preterida, junto al acicate del deseo carnal que se agigantaba por la falta de satisfacción agitando cada fibra de su piel y amenazando romper las ya frágiles cadenas morales que la mantenían en situación de castidad. No podía durar mucho tiempo aquella situación. En una de sus vueltas, el soberano trajo consigo a Zholmara, hermosa adolescente hija de un jefe tribal poco estimada por su progenitor dadas las maneras nada discretas de la muchacha, su impaciente busqueda de los deleites sensuales y su afán por conocer los secretos que revelaba la nigromancia como la astrología: para el viejo Sheik fue una bendición desprenderse de aquella hija resbalosa y díscola a la que incluso había pensado sacrificar para no tener que afrontar la vergüenza que le acarreaba su marcada inclinación; y para ella fué un inusitado regalo de la vida salir de la estrechez de la tienda paterna a conquistar otros placeres y lograr otros conocimientos de la mano del Califa, su reciente amo y señor. Para el aún joven Sahriyar fué un nuevo juguete sexual, del que pronto se cansó, y que como era previsible abandonó al cuidado del harem. Para la sensual Yadira fue una compañera más en el recinto de aquella jaula dorada. Zholmara era una flor nada despreciable que había aprendido, pese a sus pocos años, muchos secretos de las ancianas del desierto y sabía desde como hacerse invisible, a los ojos curiosos, arropandose con las sabanas de arena, hasta leer los destinos de los viajeros en el espejo de las estrellas, durante las cálidas noches al descampado de los oasis. La muchacha, además de coronarse con una melena de pelo negrisimo, poseía en vez de ojos un par de perlas negras, de reflejos metálicos, que le daban a su mirada un aire de halcón en posición de escrutar el horizonte en busca de una paloma desapercibida. La característica de esa mirada no dejó de escaparse a la aguda observación de Markan, el jefe de los mamelucos que formaban la guardia personal del Califa, y que después le sería útil en la ocasión que luego relataremos.

Por esas cuestiones que sólo las mujeres entienden, Yadira y Zholmara tejieron una amistad entrañable que las ayudó a sobrevivir en aquel ambiente de celos e intriga que era el harem del soberano del desierto, y en el cual la conquista del favoritismo en el lecho del rey de los oasis era el trofeo que todas anhelaban. Sabiéndose preteridas en los afectos del Califa, ambas tejieron un tapiz de sueños y de pequeñas experiencias agradables que las mantenían unidas en la ilusión de vivir cada día, aislándose entre paredes invisibles en aquel ambiente hostil en que Yadira era odiada por ser la esposa y Zholmara por ser la mejor amiga de la futura madre del aún no nacido heredero real.

Una noche cuando ambas disfrutaban del espectáculo de un cielo cuajado de diamantinas estrellas, desde el balcón de la torre de palacio fueron testigos de la llegada del Gran Visir Al Manzaro, acompañado de una escolta de berberiscos con alfanjes al cinto. Zholmara sintió que un rayo la impactaba y luego miró de nuevo al cielo dónde el titilar de luces le confirmó el mensaje que su intuición le había revelado. Más tarde, al abrigo de la madrugada, llego silenciosa a los aposentos a su amiga y con lágrimas en los ojos le dió razón de su infinita tristeza: aquel Visir, a quien veía por primera vez pero que Yadira ya conocía desde antaño, era un hombre ambicioso que fraguaba un plan tan complicado como macabro para aumentar su poder en el califato. El mensaje de las estrellas le había dado a conocer que a tal punto había maniobrado la primera parte de su plan, la mano derecha de Sahriyar, que a resultas de ello el hermano del Califa, Sahzaman, visitaria en el futuro el reino al sur de los montes Al Sarum y entonces iniciaría un período de sucesos infaustos tanto para la consorte real, como para su íntima amiga, lo que las llevaría a ambas a perder el favor real y a ser expulsadas brutalmente de palacio. Yadira no daba crédito a lo que le revelaba la joven amiga, por lo cual su interlocutora a fin de que su mensaje fuese convincente, le reveló a la esposa real el secreto que aquella atesoraba celosamente en el fondo de su corazón y que a nadie había revelado

-Estás perdidamente enamorada de Benazahim, el esclavo.

El rostro de la favorita del reino se demudó, la inmovilidad invadió todos sus miembros y aunque quiso protestar solo balbuceos incoherentes alcanzó a articular.

-No te preocupes, lo haz sabido mantener en el más absoluto secreto, aún luchando contra tu intenso deseo, haciendote violencia a tí misma. Nadie sospecha nada y si yo le sé es porque me lo ha revelado la voz de las estrellas, que son la voz del Todopoderoso celestial, para quien nada se oculta porque lee en los corazones de sus criaturas como en un libro abierto, y quien ha querido revelarmelo porque así le place.

Sabiéndose descubierta, pero segura de la fidelidad de su amiga, Yadira ya no intentó defenderse y en cambio se aprestó a escuchar lo que la otra tenía que decirle. En resumen Zholmara le comunicó que la actitud sumisa era inocua y que, cualquiera fuese el curso de los hechos por venir, todos los caminos futuros conducirían al final que ya le había revelado era ineluctablemente el de ambas, que todas las carreteras conducían a la infelicidad y a la muerte, aconsejandole finalmente que sin pensarlo diese rienda suelta a su amor pues sería el único momento que el destino le permitiría antes de que la desgracia se presentase a la entrada de su tienda y se cirniese sobre el resto de su vida.

No daremos detalles del como se produjo la eclosión del amor entre el esclavo y la reina; solo diremos que de tal relación prohibida nació una hija y que en el más absoluto secreto se la mantuvo en palacio, haciéndola pasar por fruto carnal de una esclava negra que se ocupaba de ella. Al éxito del engaño colaboró la poca o nula atención que el soberano prestaba ya a la reina, pues hasta límites extremos llegaba ya su desapego por ella. Entre tanto el plan del Gran Visir seguía su curso indetenible y un año después de la revelación de Zholmara se anunciaba la visita de Sahzaman al reino de Sahriyar. También era de dominio público que agentes del culto Visir viajaban por los más recónditos lugares, al norte como al sur del macizo Al Sarum, para recoger y escribir todas aquellas historias que circulaban desde tiempos antiguos en boca de los habitantes de los oasis, como de los integrantes de las caravanas que cruzaban el desierto o aún en los labios de los habitantes de los barrios más antiguos de las ciudades. Con estas historias se rumoraba que se redactaría una colección de maravillas que el gobernante legaría a la posteridad; en realidad nadie sabía que con ellas el maquiavélico Visir fabricaría de antemano una explicación dolosa de las acciones que pronto iba a ejecutar, salvando falsamente su responsabilidad ante la historia.

Llegó el día en que arribó al reino Sahzaman, acompañado de una magnífica escolta, aunque a ningún habitante, de la ciudad del palacio de paredes plateadas, le pasó por alto que el semblante del soberano visitante traslucia una inmensa tristeza. Está circunstancia marco un rictus de alerta en la faz de Sahriyar y sólo el Gran Visir parecía estar disfrutando la ocasión. 

Hechos confusos se sucedieron, en palacio, en un lapso corto de tiempo y un día los dos Califas desaparecieron del reino, acaeciendo una suerte de locura en algunos sectores de la población que sólo la acción de los mamelucos, al mando del fiel y firme Markan, logro conjurar. El vacío de gobierno que produjo la ausencia de los soberanos fué llenado por el reemplazo de los visires tanto en el reino del norte como en el del sur del macizo Al Sarum. Tan intempestivamente como habían desaparecido, llegaron ambos hermanos unos quince días después. Fué entonces cuando, sin previo aviso, Sahriyar hizo decapitar a Yadira, al esclavo Benazahim, a casi todas las mujeres del harem y a un porcentaje igual de sus esclavos. Comenzó entonces un periodo nefando en la historia del califato en que el Califa se entregó a una práctica horrenda de relaciones carnales con jóvenes mujeres, noche tras noche, seguidas del sacrificio de aquellas mismas esclavas sexuales a la mañana siguiente. El Gran Visir preparaba, día tras día, el escenario macabro para su soberano, mientras lo reemplazaba en el gobierno efectivo del reino, asunto del cual el mentalmente enfermo Sahriyar ya no se ocupaba. Este fue el tributo de sangre femenina, de juventud sacrificada innoblemente, que se pagó por la desmedida ambición de poder de Al Manzaro. Es en este trance cuando entra en escena la hija del Gran Visir: Leila, quien según rezaban las consejas logro detener la locura homicida del Califa contándole, cada noche durante mil y una jornadas, los cuentos que los investigadores y recopiladores, pagados por su padre, hablan recogido en ambos califatos. Luego la conducta del Califa, hacia las mujeres, cambió de manera total contentandose en adelante con la compañía en su lecho únicamente de Leila. Aunque a los íntimos de palacio otra verdad, que no podían dejar salir de los muros de sus labios so pena de su vida, se revelaba: el soberano, que había mutado increíblemente su conducta hasta parecer otro muy diferente, convivía con otros hombres haciendo el papel femenino y Leila permanecía a su lado sólo para la apariencia ante los súbditos; mientras el Gran Visir seguía detentando el gobierno y el poder efectivo.

Muchos cambios se operaron en el personal administrativo del gobierno de la nación, al sur de los montes Al Sarum, bajo el predominio del Gran Visir Al Manzaro: uno de los hechos consistió en que todos los que rodearon al Califa desde su temprana juventud fueron paulatina y silenciosamente apartados de su compañía, sin que el soberano protestara por la acción, como si no le importara o como si no se tratara de su propia vida que, por decisión del padre de la nueva favorita, iba siendo despojada de sus más queridos afectos: así su harem se extinguió totalmente o se redujo a Leila: las mujeres que habían sobrevivido a la masacre de Yadira y el esclavo fueron desaparecidas. Los propios familiares de Sahriyar fueron discretamente exiliados al califato vecino de la nación al norte del macizo; y finalmente los fieles mamelucos, de la guardia personal, fueron licenciados y reemplazados por mercenarios griegos. 

Es aquí, por obra de esta acción innoble, dónde inicia la circunstancia que nos permitirá explicar algunas tergiversaciones que la historia ha diseminado falsamente como verdades: paseando un día por el bazar de una importante ciudad, del califato gobernado por Sahzamir, el hijo del fallecido Sahzaman, el excapitán de mamelucos Markan entró a la tienda de una astróloga que anunciaba sus habilidades y destrezas en un despintado y astroso papel pegado a la entrada. Habían pasado treinta años desde la decapitación de Yadira y los demás, y veinticinco años desde que Leila y su padre, el ahora anciano Gran Visir, gobernaban efectivamente. De Sahriyar no se sabía si vivía todavía o ya había fallecido, cuestión que aún a sus propios súbditos tenía sin cuidado. Markan se sentó acusioso en un tapete unicolor que cubria el suelo del recinto. Frente a el una mujer con muchos collares enroscados al cuello y muchas baratijas metálicas envolviendo ruidosamente sus muñecas, barajaba un maso de cartas. Desde la muerte de Yadira aquella profesión no podía ser ejercida en el califato del sur, donde la consulta del futuro por medios astrológicos, mágicos o por cualquier otro método era penado con la muerte. El duro y envejecido soldado fijo sus ojos en la mujer: un aire familiar había en aquella fémina de extravagante y llamativo atuendo. Cuando la astróloga levanto la cabeza del maso de barajas, que dejo reposar sobre un cuadrado del tapiz, desde el rostro femenino unos ojos oscuros de reflejos metálicos se posaron en el mameluco, como un halcón que fija su mirada en una inopinada paloma en pleno vuelo. El duro exsoldado, impactado por la mirada aquella y por el recuerdo de otros tiempos, reaccionó tratando de incorporarse, cosa que le hubiese resultado posible quince años atras pero que no lo era en el momento. La reaccion del envejecido mameluco dibujo una sonrisa en el rostro de la taumaturga, que hablo con voz de timbre agradable, aunque con bemoles propios de la madurez:

-Que quieres, simplemente sabía cómo ocurrirían las cosas y escapé, en el último momento, por la salida que desde los aposentos de la reina dan a un túnel secreto y de ahí a los predios de la ciudad. No pude hacer nada más por Yadira -aqui el mameluco notó que la voz de su interlocutora se quebraba levemente hasta casi disolverse en un sollozo -, además ya las estrellas le habían decretado fin a su jornada sobre la arena del desierto. Se que murió feliz, pues pasó los postreros momentos dichosa en los brazos de su amado, a pesar del horror de la venganza innoble...

Le costó algunos segundos, al veterano soldado, reponerse de la sorpresa y asimilar la andanada que la ahora madura Zholmara le había escupido a boca de jarro sin argumentos explicativos. Ya en situación y repuesto de la sorpresa, Markan se orló de la sangre fría que lo había caracterizado en los momentos más rudos de su profesión:

-¿Que se supone que haces aquí, mujer del harem de mi amo Sahriyar? Te creí muerta hace mucho tiempo. Ya me explicaste la razón de tu supervivencia, ahora sé que no obstante eres fantasma que vuelves del mundo de los muertos.

-No es casualidad que estés aquí, en mi compañía otra vez mameluco. Te espere muchos años porque sabía que vendrías - replicó la de atuendo azul plagado de dibujos que representaban estrellas y planetas.

-Tu lengua veloz corta como alfanje en la carne enemiga- intercedio el soldado -¿Tienes algo que decirme, mujer que vuelve del inframundo?

-Entraste a este recinto buscando respuestas para el confuso interrogante del futuro y tendrás esas aclaratorias; pero a cambio tendrás que hacer un último servicio a tu señora que te demanda esta acción desde el mundo de los muertos..

A  continuación la reaparecida Zholmara enteró al mameluco de que, durante toda aquella época, los refectorios al sur del macizo de Al Sarum, habían trabajado incansables en la redacción del libro de historias maravillosas, del cual ya tenían un texto terminado que exculpaba para la posteridad, al Gran Visir y a su hija Leila, de cualquier crimen haciéndoles aparecer como los promotores de un final feliz. Luego le reveló que el fruto de la felicidad de Yadira y Benazahim aún vivía, y junto con anunciarle el nombre y el paradero de la joven, le comunicó la naturaleza del último servicio que debía prestar a quien fuese una vez su señora, ahora viviendo para siempre en el mundo ultra terreno, para restablecer el derecho de aquella en la dinastía de su hija.

-Te haré una última revelación mameluco: Sahriyar murió decapitado, por orden del Gran Visir, pagando con su sangre la de tantas vidas de jóvenes perdidas por su obsesión enfermiza que le impidió hacer feliz a la mujer que lo amo, cuando lo amaba y que lo impulso a tomar desmedida venganza cuando descubrió que ya no lo amaba. El Califa asesinado fué reemplazado por un hombre físicamente idéntico a Sahriyar pero moralmente diferente, pues se trata de un afeminado. Para consumar el asesinato y el reemplazo tuvieron que apartarte, enviándote a pacificar la insurrección de aquella tribu, en el confín del desierto. Cuando volviste...

-Entonces note que aunque era la misma imagen, ya no estaba mi señor en ese cuerpo, sino un ser extraño - completo el anciano guerrero.

- Por tanto ya no debes tener objeciones morales: no es tu amo y señor, a quien debías fidelidad, quien ocupa la silla del califato.

Los hechos se sucedieron a partir de entonces: no fue necesario eliminar a los investigadores, recopiladores y redactores del manuscrito de marras, pues ya Al Manzaro se había encargado de desaparecerlos en su obsesión de no dejar testigos que pudiesen restituir la verdad del relato. La historia no contada nos hubiese relatado de la valiente carga, a caballo, de un regimiento de envejecidos mamelucos, que dejaron sus vidas en el esfuerzo de penetrar a la biblioteca del palacio, hurtar un manuscrito de cientos que allí eran copiados a mano. Luego salir, a golpes de alfanje, no sin antes prender fuego al recinto, que ardió con el combustible de miles de libros. Inclusive uno de los postreros guardias reales, el famoso Talkan Alfanje Volador, logró llegar a unos quinientos metros del Visir y sin apearse de su montura lanzó su arma terrible sobre las cabezas de los mercenarios griegos que rodeaban al mendaz gobernante; pero no quiso el todopoderoso que sucumbiera aún el falaz, y en el ultimo momento una flecha atravesó el corazón de Talkan, desviando el curso del metal que solo partió en dos el turbante de Al Manzaro, dejando al descubierto una crisma llena de cabellos cenizos, lo que desató las risas del pueblo mientras el aterrorizado anciano se alejaba con el enmarañado pelamen al viento y un pedazo de tela aun colgando de su cabeza. Cuando levantaron el cadáver de Talkan fue hilarante ver que aquel había muerto con una sonrisa en su rostro.

De la hecatombe de la biblioteca sólo se salvó un manuscrito: el que llevó en sus manos Markan, único mameluco sobreviviente de aquel asalto que logró escapar fuera de los muros de la ciudad. De todas maneras sucumbiría días después por obra de las graves heridas, aunque antes entregó el volumen a una astróloga que se encargó de llevarlo fuera del califato, dónde nuevos copiadores volverían a rehacer todo el texto, aunque sin cambiar ni una palabra, solo borrando de todas sus páginas el nombre del Gran Visir Al Manzaro, donde este aparecía, y dejando sólo el título de Visir en su reemplazo. También se operó otro cambio eliminando de todo el manuscrito el nombre de Leila y colocando, en su lugar, el de la hija de Yadira y Benazahim. Con estas mutaciones el texto será descubierto, siglos después, y publicado en occidente con el sugerente nombre de Las Mil y una Noches; y en ella se reivindicara el amor de la reina y el esclavo, que se elevara al cenit en la fama otorgada a la hija de aquellos amantes eternos: la hermosa e inigualable Sahrazade.


16 de diciembre de 2024.

Magoc.

Comentarios

Entradas populares