DE LA ETERNIDAD DE LOS LIBROS (2)

La eternidad es uno de los atributos que los teólogos de siempre han adjudicado a ese ser que han denominado Dios. Seguramente que aplicar ese concepto de intemporalidad, a la maquina memoriosa que es el libro, sonará a herejía para algunos estudiosos de la disciplina de los monasterios. Nos arriesgamos porque, a Dios gracias, tenemos plena conciencia de estar a seis siglos del medioevo europeo pues de otra manera sabemos que podríamos ser los primeros invitados a esos ágapes tan vistosos que celebraba la Santa Inquisición y en los que la carne del asado la ponían los herejes, de sus propias humanidades corporales, claro está. Umberto Eco expresaba en alguno de sus artículos que los libros prolongan la vida, pues nos permiten hablar con escritores y creadores que ya hace tiempo han abandonado su envoltura carnal, pero nos han dejado su reflexión o su fantasía plasmada en escritura. Ya asoma aquí algún rasgo de la inmortalidad de la que participa el escritor por el acto de verter su subjetividad en el lenguaje escrito: este sacar afuera (vertido en letras) lo que lleva dentro le hace compartir "algo" de los atributos teológicos. Sin embargo, aceptamos que el escritor participa de esta cualidad de manera parcial, pues es de humanos perecer, pero sus ideas, su fantasía creativa se eternizan en el libro. Esa cualidad si aceptamos que los redactores la legaron a los libros tal como los conocemos actualmente (impresos en papel o en modo virtual), es innegable que también debemos aceptarlo para los escribas que hicieron lo propio en papiro, o para los que idearon los textos que otros tallaron en jeroglíficos en las paredes internas de pirámides, tumbas reales u obeliscos, o para los que lastraron tablillas de arcilla con estiletes de madera labrando caracteres cuneiformes. Obviamente también debe valer para los creadores de nuestros pueblos ancestrales mesoamericanos que realizaron facsímiles en biombos de papel (textos impresos e ilustrados manualmente a los que los museólogos de hoy llaman códices, sobrevivientes postreros de los inapreciables opúsculos que los curas españoles de la epoca se afanaron en incinerar) como para los textos que en pictografias se conservan en las paredes exteriores e interiores de edificios rituales o de otro estilo (pirámides, tumbas, etcétera) y debería haber sido aplicable, igualmente, para ese tipo de especialistas en la escritura que una vez se conservó en quipus: aquellos atados de cuerdas, de diferentes tamaños y colores, ocupadas por sartas de nudos, de diversas formas y tamaños, que constituían un código en el cual se encriptaba un mensaje. Tambien habia ahi sin duda un tipo de escritura y una modalidad de escritores. Desgraciadamente con el avasallamiento de la infausta conquista estas postreras máquinas productoras de sentidos, como las llama Eco, fueron desaparecidas por completo, y las personas especializadas en encriptar y desencriptar aquellos mensajes fueron arrojadas al olvido de las profesiones fenecidas. En este ultimo caso podríamos acercarnos a opinar que la eternidad también tiene, en ciertas circunstancias, su faceta perecedera, por lo menos en lo que a los libros respecta (esperando que a ningún cultor de la historia le ofenda que llamemos libros a los quipus). 

Omnisciencia también es otro de los atributos que los textos impresos comparten con la deidad: toda la sapiencia humana está guardada en ese inmenso reservorio, en ese ingente conjunto de sentidos cristalizados, que como piedras en el río son constantemente humedecidas por fluidos deletéreos, por la constante sucesión y mutación de sentidos que los rodea, los circunda, los penetra, los impacta y los modifican muchas veces, pero aun así no los destruye sino los enriquece, transformando sus mensajes, acumulando en ellos todos los contenidos y todas las informaciones posibles que serán reveladas a quien posea la clave del código para desencriptarlos. Todo el saber existente y el conocimiento posible está en ellos, dotándoles de esa cualidad inefable que comparten con los creadores del universo (al decir de los doctos). Omnisciencia que no está en el material de facturación (tan libro es la estela del obelisco como el texto de la web) como parecían pensar los antiguos, que realizaban las efigies de piedra para que durasen y nunca se desintegrasen; la omnisciencia no es cuestión de duración sino de amplitud de temáticas (desmesurada amplitud diríamos), de capacidad de contenidos independientemente del tiempo histórico en que se hallan generado; este ultimo factor les adiciona una patina que los matiza con los colores de la historicidad, que en ultima instancia los ennoblece. Si nos colocamos en modo ecoliterario diríamos que toda la naturaleza es un libro que guarda ingentes mensajes para quien halle el código y se atreva a desencriptarlos; desmesura literaria que podría equipararse a omnisciencia. Si escalamos al nivel holistico literario diríamos que el universo entero es un libro, etcétera, etcétera; inconmensurable impostura literaria que desborda la pretensión humana, pero que sigue equiparandose a la cualidad de omnisciencia.


Si aceptamos que toda la naturaleza, como la totalidad del cosmos, pueden ser interpretados como si de ellos emanasen mensajes encriptados (esto es: ofrecen la posibilidad de ser "leídos"), entonces estaríamos tácitamente aceptando que los libros comparten otro de los atributos con que los teólogos definen al ente creador del todo; esto es la Omnipresencia: como Dios, los libros están en todas partes. Cuando un telescopio ausculta las nebulosas estelares, situadas a millones de años luz, y de esa exploración visual surge la revelación de un agujero negro, o de una enana blanca, o cualquier otro fenómeno cósmico, esto pasa porque en posesión del código preciso los lectores indicados (cosmólogos les llamaban en la antigüedad) pueden leer los mensajes escritos en ese libro cuyos textos se extienden hasta los rincones más inaccesibles esperando ser descubiertos. Con similar convicción Galileo, Copernico y otros utilizaron anteojos (léase telescopios) que les permitieron hacer las lecturas respectivas, y vuala. Los lentes de los lectores estelares de hoy (los modernos astrónomos) les posibilitan desencriptar los mensajes con mayor eficacia y con mejorada eficiencia. De los grandes esqueletos que los nativos del desierto de Gobi confundieron una vez con restos mortales de dragones, sabemos hoy que posiblemente sean evidencias de la catástrofe que ocasionó el meteoro de Chixulub: wikipedia, ese melifluo pseudodiccionario de la web, nos informa que allí en la peninsula de Yucatan, México, impactó un meteoro de doce kilómetros y la explosión fue de tal magnitud que las cenizas lanzadas a la estratosfera cubrieron la tierra, ocasionando la extinción masiva de los dinosaurios hace sesenta y seis millones de años. Ambas interpretaciones, la de los antiguos nómadas del Gobi, como la de los modernos astrónomos, geólogos, geógrafos, etcétera, salieron de lecturas realizadas desde puntos de vista diversos, tanto en el libro de la naturaleza como en el libro del cosmos: lectores in fabula.


En esta tierra de gracia, donde la deidad ubicó nuestra humanidad espacial y temporalmente cuando escribió el esbozo de nuestro texto vital, en este rincón del universo existe una expresión para resumir en un concepto los fenómenos como el arriba descrito; este método explicito de definir se condensa en la siguiente frase: 

- "Si tiene trompa de cochino, orejas de cochino, patas de cochino y rabo de cochino, entonces es un cochino".

En otros términos: si los libros comparten con la deidad atributos como la eternidad, la omnisciencia y la omnipresencia, entonces... La lógica proposicional nos diría que en esta proposición condicional se cumplen los antecedentes necesarios (si y solo si se cumple en ellos lo de eternos, omniscientes y omnipresentes) entonces la conclusión logica válida es: los libros son dioses. La lógica proposicional y la autóctona inferencia de los porcinos conducen al mismo resultado. Una vez más daremos gracias a la suprema deidad por haber escrito los renglones definitorios de nuestra humanidad particular en este momento espacio temporal, lejos de las teas y de los jolgorios de la Santa Inquisición, pues en la Europa de la edad media afirmar que los textos de Aristoteles comparten los atributos de Dios, quizás con algo de maquillaje de los Grosseteste o con algunos matices a la Santo Tomás hubiese posiblemente pasado, pero no ocurriría lo mismo, por ejemplo, con los fragmentos de Protágoras, o los de Parmenides, que la afirmación ya nos hubiese llevado al festejo en que nuestra carne sería cariñosamente lamida por las lenguas del fuego del Santo Oficio. Imaginamos lo que nos hubiese hecho la Santa Obra de afirmar lo propio respecto de textos como El Popol Vuh, Los libros del Chilam Balam, o hasta El Kalevala ¡madre mía!


Panteísmo es un concepto que también en su momento fue considerado herético. Con su origen en el idioma griego la palabra alude a la doctrina que concibe a Dios presente en todas partes: desde las diminutas esquirlas que forman las arenas de la playa, pasando por el agua que fluye por océanos y ríos, hasta la vida vegetal y animal que exuda la naturaleza toda, Dios ESTÁ en el cosmos y en la naturaleza y ES el universo y la naturaleza. Desde la inferencia panteísta, la ecología tendría una coincidencia temática con la teología: ciencia de la naturaleza sería homologa a la ciencia de Dios. Leer el libro de la naturaleza sería algo así como leer a Dios, desencriptar el mensaje de su existencia. Pero tal como lo ha hecho el cosmos, desde el big bang, la naturaleza ha mutado y esas mutaciones en el planeta tierra se han expresado en fenómenos que van desde la deriva de los continentes hasta las glaciaciones y el actual cambio climático, pasando por la evolución de los seres vivos desde la presencia impactante de los dinosaurios hasta el predominio de los mamíferos y los herederos de Lucy, la ancestral madre de la especie humana. Si hacemos una lectura panteísta de los hechos nos será obligado aceptar que, como el río de Heraclito, Dios nunca es el mismo siempre sino que está en permanente cambio y transformación, en constante fluir. En su aspecto literario ese libro que es Dios aparecería de manera similar al Libro de arena, en el cuento homónimo de Jorge Luis Borges: un texto cuyas paginas fluyen y se desgranan en átomos diminutos como las arenas de la playa, cuando se intenta leerlo, pero que no obstante sigue conservando su aspecto de volumen impreso. Nada mas exacto que esta figura borgeana para ilustrar la visión panteísta y literaria del creador del universo. Por menos que eso apelando al Maleus malificarum, martillo de las brujas hubiesen incinerado a nuestro Tiresias del Plata (y a nosotros con el, por cometer el desliz de leerlo) en épocas pretéritas: por panteísta, relapso, archi hereje y pare de contar.


En este excurso sobre los libros y las teologías literarias, o herejías teologicas, imposible olvidar a ese contemporáneo y connacional de Hilbert K. Chesterton que fue Thomás Malgrave. En otros artículos nos hemos lamentado respecto a que pocas de las obras del citado autor hallan sido traducidas de su idioma natal. Diccionario de absurdos es uno de los que se encuentra fragmentariamente en la red (Nosense's dictionary). De este último hemos extraído la noción de que "toda herejía es una oportunidad en la acción bélica contra la inercia cognitiva", que valida la oposición al dogma teológico como oportunidad de abrir una lectura diversa a la del poder (es nuestra interpretación del apotegma). También Malgrave, en otro fragmento, dice que "Dios toma de los libros las cualidades de su divinidad" y teoriza que los textos fueron antes de la divinidad, y aun antes de la escritura pues ya se habían prefigurado en la mente y en la memoria de los primeros seres pensantes. Extraña reflexión, me parece, que tiene mucho parecido a las ideas innatas de Descartes. Lo que me llama la atención aquí es que el británico invierte la ecuación, de la que hasta aquí habíamos hablado siguiendo el razonamiento de los teólogos occidentales: para este autor, Dios comparte las cualidades que hacen la intemporalidad de los libros, pero las comparte en calidad de donación desde aquellos entes, que la derraman sobre él de manera similar a como lo hace la bondad de Platón, el filosofo griego, que se vierte como la luz del sol sobre los seres mortales. Como pasa en el misterio del oriundo de Nazareth, el bíblico Jesús, los libros reales, los impresos físicos o virtuales, los que conocemos, tocamos o leemos, son encarnaciones de aquellas divinidades preteológicas, según el tejido que sigue hilando la fantasía de Malgrave. Como el llamado Cristo, los libros descienden a la esfera mortal en diversas formas (estilete de madera y tablilla de arcilla, hierro y piedra labrada, tinta y papiro o celulosa, caracteres virtuales y monitor de pantalla; este ultimo lo agregamos nosotros en la lista de Malgrave) para dejarnos su mensaje de eternidad, de omnisciencia y omnipresencia, de bondad y de sabiduría; y también tienen sus Golgotas, como en la cristalnacht, las multitudinarias incineraciones del Santo Oficio y pare de narrar. Ciertamente Lacan escribió su obra con posterioridad a Thomás Malgrave; además aquel era galo mientras que este último era británico, lo que marca también una diferencia cultural y espiritual. Pero no esta lejos del fabulador ingles cuando afirma que "el inconsciente está estructurado como un lenguaje" . Parodiándolos podríamos decir que el universo todo, y el ser humano en particular, son versiones encarnadas de preteologicos lenguajes impresos... No es que Dios habla en la naturaleza, y además en renglones torcidos; sino que los libros se expresan en la naturaleza como en Dios.


16 de noviembre de 2014.

Magoc.

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