DE MUERTES MEMORIOSAS.


La presencia de un cadáver es la cachetada que la muerte impacta, con gelida sorna, en el alma incrédula de los aún vivos, afirmando lo ineludible de su inesperada presencia. Ch'in Shih Huang Ti fue emperador de antiguedad incierta en la extensa y cruel historia china, poderoso y omnipotente en las tierras acariciadas por el fluir del Yang tse kiang y del Hoang ho; pero su autoridad nunca alcanzó a penetrar en los predios de thanatos, aún cuando se esforzó en enviar, a enemigos y descreidos de su poder, con residencia permanente a los desconocidos parajes del macabro reino. El cese de la infamia que llamamos vida también llegó para el poderoso soberano. Cuando se anidó en su testa la sospecha de que la caducidad carnal no lo respetaría, preparó la ficha mnemotécnica más impresionante que civilización alguna pueda exhibir y una veintena de siglos en el pretérito miles de guerreros de terracota se alinearon, con sus armaduras, sus penachos y sus enseñas de batalla, junto a sus carros de guerra y sus generales, en las formaciones bélicas que perpetuarían la fuerza de aquel hegemón más allá de los predios del inestable momento. El impresionante ejercito de terracota es el primer texto, de factura china y no escrito en ideogramas, que inaugura el método de enfrentar el olvido de la muerte llenándolo de memorias. Tal vez los mismos relatos fueron plasmados en ideogramas, sobre papel, que la fuerza de los siglos disolvió en átomos; pero la voz del ejercito de terracota repitió, cual eco, las ordenes de batalla que forjaron la grandeza del emperador, haciéndolas oír con enorme fuerza en la actualidad de nuestras descreídas sociedades, rescatando el recuerdo del histórico líder de la desmemoria mortal de hechuras humanas. Otras culturas plasmaron su resistencia al cese carnal en formas alternas, como los egipcios que pintaron sus mitos sobre la vida más alla de la muerte en las paredes de sus tumbas reales: allí se ve al dios Tot, con cabeza de ibis, y al dios Anubis, con cabeza de chacal, recibiendo las almas de los muertos e iniciando el ritual del pesaje antes de permitir cualquier transito al más allá. El libro egipcio de los muertos es la traducción occidental de aquella estela funeraria que relata, con prolijidad, las vicisitudes de aquella romería sin retorno a los dominios de Osiris, señor del reino de los desencarnados. El Popol Vuh en alguno de sus textos - escritos por los ancestros mayas y rescatados de la piromanía de algunos sacerdotes cristianos - relata que la región llamada Xibalba es el lugar donde reinan los señores de la muerte y expone que en ese lugar una serie de estos seres infringen horribles torturas, en cámaras especiales, a quienes se aventuran por sus dominios, torturas tal como meterlos en un recinto con piso y paredes forrados de filosos cuchillos y otras delicateses por el estilo. Mas amable, en el tratamiento del tema, es el Libro tibetano de los muertos que se propone dar instrucciones al agonizante para que sepa conducirse en el mundo aquel a que arribará una vez se ha desprendido del cuerpo carnal. De todas maneras, en todos estos textos de lo que se trata es de birlarle el objetivo a la muerte, prolongando en ella la vida, aunque sea de otro modo, de otra manera, negandola como perdida total, como la nada en acto, diría el viejo Aristóteles.


Los años setenta, del pasado siglo, asombraron al mundo con la noticia de los guerreros de la armada imperial que aguardaron durante veintidós siglos, en formación de batalla. El monte Li, en la provincia china de Shensi, en el valle del río Yang tse, fue el escenario elegido por Ch'in Shih Huang Ti para expresarle al mundo su decisión de desafiar el olvido, que como manto inseparable parecia arropar a los mortales a partir de la hora postrera, proyectando las memorias de su historia particular hacia el futuro en relatos inscritos y moldeados en terracota, tal como los egipcios lo habían hecho en piedra y los mayas lo harían en libros con forma de biombo. La intención del poderoso emperador fijó, en el relato que cuentan los guerreros de su armada imperial, su peculiar visión de la muerte como lo que puede ser vencido con el arma poderosa de la memoria. El soberano chino, con aquella poderosa voluntad de derrotar el olvido que sobreviene al deceso del cuerpo carnal, mostró con aquella decisión suya que, como expresa el protagonista de La muerte de Ivan Ilich, de León Tolstoi, "la muerte no existe". Al igual que el empleado de los tribunales de la Rusia zarista, juez de instrucción Ivan Ilich, el emperador chino debió plantearse los grandes problemas existenciales que obsesionan al ser humano a medida que siente próxima la presencia de la dama de la guadaña; el personaje de Tolstoi cavilaba para si:

- "...me deslizaba cuesta abajo y me imaginaba que iba cuesta arriba. Así fue. En la medida en que, en opinión de la gente, iba en ascenso, la vida se escapaba bajo mis pies... Y ahora estoy listo, ¡puedo morirme!

¿Que quiere decir esto? ¿Para que? No puede ser. Resulta imposible que la vida sea tan absurda y repulsiva. Y, si es así, ¿para que morir, y morir entre sufrimientos? Aquí hay algo que marcha mal" (1).

Las digresiones del juez ruso podrían haber sido, salvando las distancias culturales y temporales, similares a las que se planteaba el emperador asiático en sus últimos años. Los cronistas chinos del siglo I a.c. (de los cuales el mas conocido es Sima Siahn o Ssuma Ch'ien) cuentan que la cuestión de la muerte próxima llegó a obsesionar tanto al máximo mandarín que conformó una armada con muchos barcos y un numeroso ejercito, los cuales puso a ordenes de un subalterno de mucha confianza para él y lo envió al mar, para que ubicara la isla donde residía el secreto de la vida eterna y lo trajese hasta el imperio. Ni el capitan que la comandaba, ni la armada, ni ninguno de los que en ella iban regresaron jamás. Quizás entonces, reflexionando como Ivan Ilich sobre lo absurdo que sería haber vivido de manera tan extraordinaria para que tantas experiencias se perdieran para siempre con su muerte, decidió otra estrategia para burlar lo ineluctable: decidió llenar el futuro con los maravillosos recuerdos de sus hechos, decidió llenar las lineas de la historia por escribirse con los asombrosos párrafos de la historia que el y su pueblo habían escrito. Estas memoriozas burlas, a lo ineluctable del destino, también han sido objeto de trato para los creadores literarios hispanoamericanos, que han plasmado su particular reflexión en el papel, pero sin dejar de traslucir en ella el espíritu de sus pueblos ancestrales: así Gabriel García Marquez, en La hojarasca, inicia con la expresion de evidencia, de la absurda presencia de lo insondable, colocada en labios del nieto del coronel Buendía:

- "Por primera vez he visto un cadáver" - con esta afirmación rotunda inicia el relato de la retrospectiva existencial de vidas que se cruzan en el espacio imposible de Macondo: un extraño e impasable doctor (el cadáver de marras); Isabel la hija del anciano coronel y su hijo; el patriarca de los Buendía y los habitantes del pueblo, que odian al occiso por circunstancias extrañas, por su personalidad astrosa, porque necesitaban alguien a quien odiar para sentirse vivos, y se oponen a que el fallecido sea enterrado en el cementerio del lugar. Entonces el relato de las inclementes, sordas tensiones entre los Buendía y los diversos rostros del poblado (el alcalde, el cura, los demás) van dando lineas y color al complicado bordado en el que se reflejan las memorias que pujan contra el olvido mortuorio, llenando de afectos (airados, tiernos, desprendidos, atemperados, infantiles, femeniles, gélidos, imperdonables) el espacio dialectal post mortem; desalojando el vacío de los posibles recovecos donde pudiese alojar los alevines del olvido, inundándolo de recuerdos marinados en la rememoración del niño, de su abuelo, de Isabel:

- "Aunque él hubiera esperado lo contrario, era un personaje extraño en el pueblo, apático a pesar de sus evidentes esfuerzos por parecer sociable y cordial. Vivía entre la gente de Macondo, pero distanciado de ella por el recuerdo de un pasado contra el cual parecía inútil cualquier tentativa de rectificación. Se le miraba con curiosidad, como a un sombrío animal que había permanecido durante mucho tiempo en la sombra y reaparecía observando una conducta que el pueblo no podía considerar sino como superpuesta y por lo mismo sospechosa" (2). 

El coronel y su familia luchan contra el olvido presentido y adelantado de un pueblo que odia y que quiere castigar con la desmemoria al ente odiado; mientras el doctor suicida, pleno de memorias de un "pasado contra el cual parecía inútil cualquier tentativa de rectificación", colabora con el olvido anticipado, con la muerte desmemoriable, y desmemoriada, reduplicada en el suicidio, anclada en recuerdos que le impiden vivir el presente y menos proyectarse en el futuro. Los Buendia se baten en lucha contra el pueblo que odia y el occiso que quiso ser olvidado aún en vida. Bueno es recordar que en aquella Colombia profunda, patria del Gabo, se conmemora una vez al año el día de los muertos, jornada en la que los deudos "recuerdan" a sus familiares fallecidos casi siempre mediante ceremonias religiosas.


Las estatuas de terracota, que conforman el ejercito de Ch'in Shih Huang Ti, no son replicas facturadas en serie según un modelo unico. Cada una de ellas es ejemplar particular que replica la imagen de un guerrero trajeado de armadura y portando su arma de defensa y ataque. También hay efigies de aurigas, de sirvientes, de magnificos caballos y de carros de combate. Cada imagen parece corresponder a un ser vivo, particular, individualizado y único, de hace veintidós siglos, que la voluntad del emperador hizo eternizar en el material estatuario, prolongando las facciones de cada uno en la memoria que legaba al futuro incierto. En el monumento que se hizo levantar a sí propio inscribió el homenaje a sus guerreros: jamás general alguno ha hecho gesto parecido hacia los que derraman su sangre por cumplir sus ordenes. Gesto de homenaje, ciertamente, pero también de orgullo por cada uno de los integrantes del ejercito que lo respaldaba; mas igualmente acción de fe en que esos hombres, cuyos rostros graves y posturas marciales quedaron plasmados en la materia dura, serían los mismos que habiéndole respaldado en vida de la misma manera le acompañarían y respaldarían en la aventura del mundo del más allá. Fe, pero no otro valor, porque era la fe en ellos la que lo había llevado de victoria en victoria contra los adversarios de los reinos combatientes. A proposito de la fe Jorge Luis Borges nos cuenta, con sus maneras de erudicion lúdica, respecto de las vicisitudes que acontecen a un teólogo muy docto en los predios de la señora de rostro cadaverico y las alas negras: Melanchton, el ilustre émulo de Martín Lutero, fallece y su "alma" es enviada a un lugar del más allá (utilizamos el lugar común de lo que otros llamaron Hades, Inframundo, Infierno, Paraíso, etcetera, dependiendo de la cultura, la religión y el lugar que en ellas asignaban a esa incógnita) donde se le restablece una oficina igual a la que ocupaba en el último momento de su vida carnal. En ese lugar sigue escribiendo obras magnificas en las que habla de la fe, pero olvidando reflexionar igualmente acerca de la caridad. Su olvido es penado varias veces, obligándole a redactar alguna obra sobre aquel valor evangélico que menosprecia, en su fuero interno. En el intemporal contexto de su permanencia post-terrenal, el doctor de la fe es agasajado como lo fuese en vida, dando permanencia al ambiente que lo rodeaba en los mejores momentos de su apoteosis:

- "La pieza del fondo estaba llena de personas que lo adoraban y que le repetían que ningún teólogo era tan sapiente como él. Esa adoración le agradó, pero como algunas de esas personas no tenían cara y otros parecían muertos, acabó por aborrecerlos y desconfiar. Entonces determinó escribir un elogio de la caridad, pero las páginas escritas hoy aparecían mañana borradas. Eso le aconteció porque las componía sin convicción". (3)

La erudicion lúdica, del Tiresias del Plata, en despropósito católico ortodoxo ubica al doctor hereje en el lugar destinado a tales personalidades por los teólogos de Roma: despertándole de su ensueño paradisíaco, arrostrándole su falta de interés real por la caridad evangélica, lo situa sin regreso en el lugar post mortem en que sus detractores quisieran verlo habitar, que sus ilusiones, posiblemente su docta arrogancia y, en fin, sus recuerdos terrenales le impedían ver con claridad:

- "Las últimas noticias de Melanchton dicen que el mago y uno de los hombres sin cara lo llevaron hacia los médanos y que ahora es como un sirviente de los demonios". (4)

Al eminente teólogo, la inquina de sus opositores en la fe lo recluyó, en la perspectiva de la Suma contra herejes, en la categoría de los íncubos, sirvientes de los demonios. Oposicion religiosa, en el mundo que reaccionaba contra el medioevo, es aqui como decir "veneno que corroe hasta la médula" y cuyo ardor no se cura aún con la muerte del adversario, sino que lo persigue mas allá, como sucedió por ejemplo con el caso del Papa Formoso cuyos cadaver fue sacado de la tumba por sus detractores (en el año 897 d.c. a nueve meses de su fallecimiento) para someterlo a juicio religioso post mortem, y luego de hallarlo culpable sus huesos calcinados fueron arrojados en el albañal, en un intento de borrar cualquier vestigio de su memoria. Borges tiene la delicadeza de señalar que ha sacado el relato de Melanchton de un texto de Sweedenbor, indicando el vector desde el cual proviene la inquina que corroe y que envía, desde las letras, al teólogo hereje a la eternidad del infierno sin memoria.


Ssuma Ch'ien escribió su relación del emperador al rededor del año 100 a.c., más o menos una centuria después de la muerte de Ch'in Shih Huang Ti (el deceso del soberano se produjo aproximadamente hacia el 210 a.c.). En el texto relata que los trabajos de facturación y colocación en su lugar, de las seis mil piezas que conforman el conjunto (guerreros, sirvientes, caballos, carros de combate y otros), duraron treinta y seis años; y que en esas labores se emplearon unos setecientos mil obreros venidos de todas partes del reino. Aquellas seismil estatuas fueron correctamente alineadas en once inmensas filas, dentro de un subterráneo descomunal que deja el laberinto del palacio del rey Minos, el famoso subterráneo del Minotauro, como un juego de niños al lado de aquella estructura ideada por el soberano asiatico. Memoria de carácter inconmensurable sumergida en lo profundo del espacio chino, como si el emperador hubiese sembrado una semilla inmensa, de recuerdos, de experiencias, de victorias, que un día brotarían con fuerza telúrica para asombrar al mundo con su pasada grandeza. Telúrica es también la consideración que propone la creación literaria del mexicano Juan Rulfo: sus muertos dialogan en las tumbas, desde el lugar que ocupan en los cementerios; y sus diálogos están repletos de recuerdos, de reflexiones, de afectos que fueron y que siguen siendo aún en el cese de la vida carnal. No hay olvido posible porque la muerte es solo un tránsito en el que se deja de dialogar, de pensar, de reír sobre la superficie del planeta para seguirlo haciendo en la profundidad, tres metros bajo tierra:

- "¿Quieres hacerme creer que te mató el ahogo Juan Preciado? Yo te encontré en la casa, muy lejos de la casa de Doris, y junto a mí también estaba estaba él, diciendo que te estabas haciendo el muerto. Entre los dos te arrastramos a la sombra del portal, ya bien tirante, acalambrado como mueren los que mueren muertos de miedo. De no haber habido aire para respirar esa noche de que hablas, nos hubieran faltado las fuerzas para llevarte y contimas para enterrarte. Y ya ves, te enterramos". (5)

- "¿La ilusión? Eso cuesta caro. A mi me costó vivir más de lo debido. Pagué con eso la deuda de encontrar a mi hijo, que no fue, por decirlo así, sino una ilusión más; porque nunca tuve ningún hijo. Ahora que estoy muerta me he dado tiempo para pensar y enterarme de todo. Ni siquiera el nido para guardarlo me dio Dios. Sólo esa larga vida arrastrada que tuve, llevando de aquí para allá mis ojos tristes que siempre miraron de reojo, como buscando detrás de la gente, sospechando que alguien me hubiera escondido a mi niño". (6)

México, la patria de Juan Rulfo, posee un rito religioso que tiene raices en las religiones ancestrales, en las celebraciones de los mayas, aztecas, zapotecas y demás pueblos originarios. De allí deviene la conversión en deidad de la llamada Santa Muerte, señora de rostro huesudo, trajeada de negro y portando una lustrosa guadaña, a la que se ha erigido una efigie monumental en alguna plaza de ciudad de México; lugar a que van sus fieles a orarle y hacerle peticiones. México que rinde culto a la Santa Muerte y que un día al año conmemora a sus deudos en el más allá, llevandoles tortas y otros alimentos a sus tumbas, a los cementerios; México que desde hace centurias decidió, como el emperador Ch'in Shih Huang Ti, como Ivan Ilich, como el coronel Buendía, como el hijo de Pedro Paramo, que la puerta a la incógnita del más allá no está hecha de olvido sino que la madera con que se le ha fabricado fue cortada del árbol de los recuerdos imborrables. 


Quizás con El fantasma de Canterbury, de Oscar Wilde, sea Cuento de navidad, de Charles Dickens, el par de historias que abordan el tema de las memorias post mortem mejor tratadas y mas veces versionadas en el cine. Ambas pertenecen a autores ingleses, y el tratamiento del tema es inigualable, aunque al decirlo estemos repitiendo lo que millares de comentarios han reflejado con anterioridad. Sin duda tanto el fantasma de Wilde como los homónimos del señor Scrooge (¡perdon! De Dickens) hacen su papel con mucha profesionalidad y salvan el día. Además, como hemos hecho notar en este texto, dejan en el tablado la sensación de que no hay muerte si la memoria se proyecta hacia el futuro, llenando de contenidos las existencias. Quizás por esto alguien decía que leer es como mantener un dialogo con autores del pasado. Pero el mismo cine occidental que ha sido tan esplendido en el tratamiento de las obras nombradas de los autores ingleses, no lo ha sido en cambio con la memoria de Ch'in Shih Huang Ti. En la versión hoolywodense de la saga de La Momia 2, como titularon en el mercado hispano al film en cuestion, el emperador es presentado como un demonio que vuelve de la tumba para destruir los gobiernos terrenales poniendo en pie un ejercito diabólico (sus guerreros de terracota) con el objetivo de conquistar el mundo. Mala propaganda para el soberano que mientras vivió jamas conoció la derrota, pero al que la filmografía hace morder el polvo. Sin duda que en este caso la industria del acetato hace el honor a las sombras, como en la fábula de la caverna de Platón, desfigurando la realidad. Como la literatura de Tolstoi, de García Marquez, de Borges, de Rulfo; la dama huesuda muta la terrorífica faz que le ha dado el pensamiento occidental, y en las aguas literarias del sur se alimenta de recuerdos y se desprende de olvidos humanizándose a la mexicana, o la rusa, que más da; y simultaneamenta sobre avenidas tapizadas de recuerdos eternos, montado en carros de guerra forjados de asombro, impulsados por caballos alados y conducidos por fieros aurigas con rostro de dragón, escoltado por ejércitos inmortales de guerreros inmemoriales, el gran emperador vuelve desde el sur, combatiendo a las huestes de las sombras y el olvido, arrastrando tras de sí el sol rojo de una nueva era.






NOTAS:

(1) León Tolstoi, La muerte de Ivan Ilich, Salvat editores, Navarra, España, 1982, pag. 73.

(2) Gabriel García Marquez, La hojarasca, Bruguera, Barcelona, 1985, pag. 93.

(3) Jorge Luis Borges, "Un elogio de la muerte", en:

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