DEL SUICIDIO COMO COLOFÓN.
Dedalo advirtió a su prole, Icaro, sobre la fragilidad de las alas con las que se aprestaba a emprender el vuelo; y aunque al inicio este tuvo en cuenta los consejos paternos, luego de embriagarse con la suavidad de las caricias del céfiro, después de sentir el confort que proporcionan las mullidas nubes, al momento de deleitarse con la soberbia vista aérea, Leteo le inoculó la melodía seductora del olvido y el avezado puber se remontó en aquel cielo azul del que ya creía conocer todos los secretos, aventurandose a correr el riesgo, sin percatarse de que el sol que lo agasajaba también se cobraba hurtando su soporte: fundiendo la cera que pegaba las plumas. Es este detalle el que delata la ingenuidad del mítico aviador que enterró en la dureza de las rocas su temeraria inexperiencia. La prosa como la poesía, en esa aventura de las letras, también han sido instrumento que proporciona alas y factura Icaros cuando la embriaguez de la expresión empuja el esfuerzo más allá de las nubes. De algunas féminas que perdieron sus aladas extremidades, en su poético ascenso, manchando de escarlata las páginas de su inspirada creación trata este artículo.
Siete niveles arriba de la calle estaba el piso de los padres de Elise Cowen (1933 a 1962). Mi madre, Blanca Alicia, que acaba de fallecer hace dos semanas, cumplía 33 años aquel 27 de febrero de 1962, y los celebraba con una modesta torta en algún pueblo fronterizo de Colombia; al mismo tiempo que Elise, en la ciudad de la gran manzana, en un edificio de Washington Heights, Manhattan, emulaba la hazaña del hijo de Dedalo, tomando vuelo desde el balcón del edificio, estampando en la historia de la poesía su nombre con ribetes granate. Aquel descenso desde las alturas era la manera de rebelarse contra la incapacidad, de padres prejuiciados, para entender la complejidad de un alma sensible; también era su denuncia de las sesiones de torturas, que le realizaban bajo el camuflaje de tratamiento sicológico, plagadas de camisas de fuerza, electroshocks e incomprensión familiar. Elise Cowen era la descendiente de un matrimonio judío de clase media que se integró al grupo de la Generación Beat como poetisa y fungió durante un tiempo como novia de Allen Ginsberg antes de que este se declarase homosexual. Sus progenitores, aquejados de una sordera cultural que les impedía escuchar la melodía que entonaba su hija, se empeñaron en hacerla transitar el horror de las terapias conductistas (habitaciones herméticas con paredes forradas de goma, camisas de fuerza, fármacos sedantes, electroshocks, paseos por áreas bucolicas custodiada por enfermeros, amenaza de lobotomia de no haber cambios satisfactorios) creyéndola recuperable para sus fines familiares y sociales. Estás malquerencias, unidas al alejamiento de Ginsberg, rompieron las postreras contenciones psicológicas de la escritora convenciendola de intentar la remontada al cielo azul como escape. Elise legó casi nueve decenas de poemas a la posteridad, de un cuaderno que un amigo suyo (Leo Skir) hurtó del apartamento, una vez desapareció ella de la escena; el resto de sus creaciones fueron dados a la hoguera por voluntad de sus padres. En el poema titulado Sin amor Sin compasión, fechado el año 1961, escribió:
¡Déjenme salir ahora por favor!
Por favor dejame entrar.
Querido/ Estoy segura de que me estoy volviendo loca otra vez . Siento que no podemos pasar por otro momento de esos terribles... Así inicia la última carta de Virginia Woolf (de soltera Adeline Virginia Stephen: 1882 a 1941) a su esposo, fechada el 28 de marzo de 1941. Esta misiva era una tacita declaración de voluntad, de la escritora: renunciaba a la angustia de sentirse fuera de los predios de la razón socialmente aceptable otra vez y deseaba remontar el vuelo hacia los confines de la celeste bóveda. Habiendo Sido diagnosticada con trastorno bipolar, desde tiempos de su juventud, Virginia no se había dejado amilanar por el padecimiento y se había dedicado a la creación literaria, insurgiendo contra todas las barreras sexistas que lastraban la sociedad del inicio del siglo XX. Dentro de la producción de la Woolf se cuentan más de tres decenas de títulos de todos los géneros literarios. Podemos nombrar: Fin de viaje, Noche y día, Las olas, La señora Daloway, Orlando: una biografía, Al faro, Una habitación propia, entre otras. Después de escribir aquel postrer manifiesto de insatisfacción existencial, dirigido al señor Woolf, a la edad de cincuenta y nueve años la mujer se llenó los bolsillos de un sobretodo con pesadas piedras y luego se arrojó a las frías aguas del río Ouse; el estallido de la segunda guerra mundial, unido al bombardeo alemán a su lugar de residencia, en Inglaterra, al parecer contribuyeron a desatar su crisis terminal. Su humanidad yerta fue arrastrada por la corriente durante varios días, hasta que le hallaron rio abajo, cual Icaro envuelto en un abrigo de cera y plumas, reposando en el remanso. Adeline Virginia había experimentado la tenaza de la depresión desde la época en que perdió a sus padres y a su hermana mayor, entre 1895 y 1905, sumando a esto abusos sexuales perpetrados sobre ella por uno de sus hermanastros; esa tensión sicológica nunca le abandonó: como la propia sombra hizo constante presencia en su vida, no obstante batalló con ese padecimiento reflejando en su creación literaria tanto la lucha contra aquellos demonios internos como el sufrimiento que la hicieron padecer. En la segunda mitad del siglo pasado su obra y su figura fueron rescatadas del olvido y relanzadas por el naciente movimiento feminista, de manera similar a como lo hicieron con el mítico Icaro los hermanos Wright.
La leyenda infantil cuenta que, a la media noche, el hechizo se disolvió: la carroza dejo de ser tal cosa y se convirtió de nuevo en calabaza (como lo había sido hasta el toque mágico del hada madrina) y la sirvientilla, mutada en princesa por unas horas, tuvo que hacer gala de sus cualidades como velocista, dejando sólo el rastro de polvo en el viento que marcaba el vector de la apresurada huida. De ella solo quedó una zapatilla de cristal dando vueltas en círculos, en el lugar donde inició la carrera, fuera del castillo de ensueño. Pero esta princesa del mundo de la poesía, de que hablaremos, que se convirtió en tal en razón del toque mágico de su pluma, también dejó una zapatilla...no de cristal pero si de mujer digna,,,no en la antesala, sino sostenida en la escollera, en la que se enredó cuando ella se remontó al azul del mar, en una salida tan llena de rima y melodía como había intentado que fuese su vida. No hubo calabaza sino una carroza que transportó el cuerpo desde la playa la perla, en Mar de Plata dónde lo habían hallado los aseadores, hasta el laboratorio forense en que el patólogo de guardia, que la conocía, dió la noticia al mundo: en su mesa de disección reposaba la humanidad de quien fuera Alfonsina Storni. Esta poetisa argentina, como el hijo del creador del laberinto, quemó sus alas aquella madrugada del 25 de octubre de 1938 en su último intento de remontarse al espacio sideral. La autora de poemarios como La inquietud del rosal, El dulce daño, Languides, Ocre, Sugestión de un sauce, Alma muerta, Voy a dormir, había sido aquejada desde antaño por una manía persecutoria acompañada de depresión. Estos padecimientos se agravaron a raíz de la detección de un cáncer, que la llevó a ser objeto de una mastectomía en 1935; mas la cepa maligna hizo metástasis y dos días antes de su escape final la creadora laureada tuvo que solicitar auxilio a una mucama para redactar sus últimas cartas, pues el dolor le impedía mover el brazo para escribirlas ella misma. La pintura del prerrafaelita John Everest Milais que retrata a la shakesperiana Ofelia sumergida entre nenúfares (1852) es quizás un retrato aproximado de la situación postrera de la Storni, vestida de mar, como la retrata la canción, vestida para irse de viaje poético creativo: te vas Alfonsina con tu soledad, que poemas nuevos vas a buscar... El día siguiente de su sepelio, el diario La Nación publicó su último poema: Voy a dormir, del que transcribimos algunos versos:
Voy a dormir nodriza mía, acuéstame. Ponme una lámpara a la cabecera, una constelación, la que te guste, todas son buenas; bájala un poquito.
(...) Ah un encargo,
si el llama nuevamente por teléfono le dices que no insista, que he salido.
Elise Cowen, Virginia Woolf y Alfonsina Storni, cada una en su momento, encarnaron la realidad cruda de la solución existencial que William Shakespeare pretendió caracterizar en personajes como Julieta (de Romeo y Julieta) y Ofelia (de Hamlet). Pero las creaciones del inglés son pálidas sombras del drama real que lastraban las escritoras mencionadas: Julieta se suicida de una puñalada al créer muerto a su Romeo; Virginia Woolf, en sus misivas postreras, reconoce haber sido feliz con su consorte hasta el último momento, aún así las voces interiores le asaltan, no dejándola disfrutar esa felicidad, antes metamorfoseandola en angustia dolorosa, en desasosiego constante. No hay tal elemento en el bardo británico: de la visión del amor fallecido se pasa al suicidio ipso facto sin la mediación torturante de las voces demoníacas, constantes, inclementes. La Ofelia, del dramaturgo londinense, se arroja a la acuosa tumba para librarse del desamor y la locura del Hamlet que simultáneamente la repudia y que mata fríamente a su padre frente a ella: su acción de escape es una respuesta infantil al shock del atropello, a la violencia brutal e inesperada. Las Ofelias verdaderas, las que se desarrollan en dramas fuera del tablado (Virginia y Alfonsina) acumularon una ingente cantidad de shocks en almas tan grandes como nobles, y sufrieron muchas veces lo que la hija de Polonio, y mientras las lágrimas de la adolescente shakesperiana abundaban el afluente que arrulla sus últimos lamentos, los lamentos de la Woolf y la Storni se cuajan en tinta y se musicalizan en versos y rimas. La métrica de estás creaturas la da, entre otras, la altura de que saltó Elise Cowen con sus invisibles alas de Icaro, para arroparse con ellas una vez logrado el aterrizaje. En los dramas reales, de estas escritoras, actúa un personaje proteico que está ausente en los plays de Shakespeare: falta el villano por excelencia, la depresión, que aparece en sus caracterizaciones de alucinaciones auditivas (voces internas que torturan), de manía persecutoria (todos conspiran contra ellas), de desamor (a pesar de saberse amadas), de enfermedad, de soledad infinita. Ese mismo desamor que llevó a la griega Safo, en el 580 a.c., a despeñarse desde una alto risco al mar, cuando Faon desdeñó sus pretensiones amorosas, dejando esta última acción como colofón de los exquisitos versos de la oriunda de Lesbos.
05 de febrero de 2024.
Magoc.
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